14 de enero de 2017

Al peque de la casa,

Amado peque tengo que confesarte que cuando tu profesor te escogió para ser copresentador en el concierto de Navidad del colegio me asusté ¡Te entregó un diálogo de tres páginas! Apenas estás aprendiendo a leer, así que te tocaba aprenderte tu parte de memoria en menos de una semana. Aunque no te lo dije dudé de ti, no sabía si lo conseguirías. Pero aún así trabajaste duro, cada día ensayábamos dos veces, te costaba mucho, porque como siempre no parabas quieto y parecías despistado.

Entonces tuviste tu primer ensayo en el colegio y tu compañera se quejó ante tu hermana porque lo hacías mal. Reconozco que me desesperé, cariño, volví a dudar de ti.

Al llegar el gran día estabas guapísimo con tu camisa blanca y tu corbata negra.  Cuando saliste de detrás del telón contuve la respiración... a pesar de que estabas comodísimo encima del escenario saludando a todos tus compañeros con la autoconfianza que te caracteriza.


Para mi avergonzada sorpresa te metiste al público en el bolsillo con el primer "bon dia". Demostraste seguridad, soltura, saber estar, capacidad de improvisación (en las pequeñas partes que se te olvidaron y de las que nadie se dio cuenta) e incluso hiciste reír al público con tu desparpajo. Al acabar todos te felicitaban por lo bien que lo habías hecho. Tu profesor dijo que eras un crack.

Como siempre me demuestras que yo aprendo de ti más de lo te enseño. Y aún así tengo la osadía de pedirte algo: que siempre luches por tus sueños y tus metas con esa fortaleza y confianza que te caracterizan. Da igual que el mundo los comprenda o no, son sólo tuyos. Que nadie te coarte la libertad de brillar y demostrar que puedes. Que los miedos y las inseguridades de los otros no te limiten, ni tan siquiera los de tu madre.

Pero tu éxito me ha hecho recordar algo aún más importante y que con mayor frecuencia de la que quisiera se me olvida: te quiero por encima de tus éxitos y tus fracasos. 

20 de octubre de 2016

Víctimas del bullying

El acoso escolar es uno de los grandes males de nuestra era, reflejo a pequeña escala del mundo en que vivimos. Un mundo individualista, segregado, que usa la agresividad como manera de comunicarse, incapaz de protegerse ni de proteger, un mundo que hace oídos sordos al prójimo, cada uno a lo suyo y a lo de los otros sólo para criticar, exigir, culpabilizar... Vaya, que hoy ando en modo negativo.
 
Los factores que influyen el el bullying son muchos: sociales (esa desidia mundial deprovista de cualquier capacidad para generar empatía), estructurales (los colegios), individuales (víctimas y victimarios), familiares y por último, pero no menos importantes, el grupo de iguales.
 
En realidad no puedo explicaros nada sobre el bullying que no se haya explicado en otros artículos sobre sus causa y efectos. ¿Entonces por qué escribo este post? Pues porque hay dos aspectos que me preocupan y en los que creo que se hace poca incidencia.
 

Grupo de iguales

 
¿Qué pasa con el grupo de iguales en el bullying? Todos los artículos sobre acoso escolar hablan de los niños que sufren, los niños que atacan, los profesores, los padres tanto de la víctima como de los victimarios... Pero casi nadie menciona a los niños y padres, que no sufren acoso, pero que son actores silenciosos y por tanto cómplices.
 
Considero que del bullying no son sólo responsables los implicados, sino aquellos que impasibles vemos sus estragos y no intervenimos. Tenemos el deber de enseñarles a nuestros hijos que el silencio o la ceguera nos convierten en cómplices silenciosos, que es su obligación como ciudadanos-estudiantes alzar la voz para defender a las víctimas, eso si, sin ponerse en riesgo. Los colegios deberían establecer los mecanismos para que los observadores también puedan denunciar casos de acoso. No podemos convertirnos en seres alienados, carentes de un sentido de pertenencia social, de empatía y por tanto de ética social al denegar ayuda a alguien que está sufriendo.
 
Pero por mucho que eduquemos a nuestros hijos con valores, o hagan asignaturas como educación para la ciudadanía, o haya mecanismos para que los observadores denuncien o protejan, si no ponemos en práctica esos valores siendo un modelo para nuestros hijos todo ese esfuerzo resultará inútil y  nos convertiremos a nosotros y a nuestros hijos en meros espectadores de la barbarie. 
 
 

¿Qué pasa cuando el acoso persiste?

¿Qué hacer cuando las medidas para acabar con el acoso no funcionan? Yo conocí a dos madres cuyas hijas sufrían bullying. En un caso una niña española que llevaba 3 años sufriendo acoso escolar en forma de violencia verbal, a pesar de que el colegio había intervenido y se habían llevado a cabo muchas medidas para intentar proteger a la menor y solucionar el acoso, ninguna había resultado efectiva y el acoso continuaba.  Otro caso similar lo encontré en Inglaterra donde una niña llevaba dos años de acoso verbal que estaba empezando a escalar a físico. De nuevo las medidas para terminar con el acoso se mostraron inefectivas.
 
 
A ambas madres les pregunté ¿por qué no la cambias de colegio? Y en ambos caso las madres me dijeron que eso no era una opción, que sus hijas tenían amigas en el colegio, que eso afectaría a su aprendizaje, una de ellas incluso me dijo que su hija tenía que aprender a defenderse. No les dije nada más. Pero en ambos casos me quedé con mal sabor de boca, para mí algo no estaba bien, así que a lo largo del tiempo le he ido dando vueltas y ahora como madre tengo claras mis ideas.  

Cambio de colegio

 
Entiendo que al detectar un caso de acoso lo primero es poner en marcha los mecanismos establecidos por el centro para hacer frente a dicha situación y solucionarla. Pero si no funcionan las medidas, como madre cambiaría a mis hijos de colegio sin dudarlo. Me da igual si eso es justo o no, si deberían ser los "victimarios" (que para mí también son víctimas) los que tendrían que cambiar de colegio. Lo que si sé es que mis hijos no son mi bandera de la justicia, yo soy mi bandera, a ellos tengo la obligación de protegerlos.   ¿Por qué creo que hay que cambiar a los niños de colegio cuando no funcionan las medidas? - porque si en uno o dos años el colegio, por las razones que sea, no ha podido solucionarlo; la víctima no ha aprendido a hacer frente a los acosadores; los victimarios no han cesado en su acoso... Está claro que esa situación no va a mejorar. Por lo tanto el no cambio implica mantener a la víctima en una situación de acoso hasta la finalización de su escolaridad y eso me parece cruel. - porque es mi obligación como madre/padre proteger a mis hijos de los malostratos, vengan de quien vengan. - para evitar los daños psicológicos y emocionales que les va a causar ese maltrato que va a continuar repitiéndose en el tiempo. - porque no me asusta cambiar a mis hijos de colegio, me asusta que los maltraten. - porque los estragos emocionales del maltrato pueden afectar mucho más a su aprendizaje que un cambio de colegio. - porque es absurdo pensar que tus hijos son incapaces de hacer nuevos amigos. - porque los niños no tienen porque perder a sus amigos aunque vayan a otro colegio y aunque así fuera la amistad no debe de estar por delante del bienestar del menor. - porque si el maltrato fuera de género o familiar, se procedería a intentar separar por todas las medidas posibles a la víctima de la persona que la maltrata. Si nadie le dice a una mujer maltratada que no se separe de su marido porque sino nunca aprenderá a "defenderse" y a "hacerse valer".  No entiendo por qué dejamos a los niños que sufran maltrato cuando este es escolar. Que alguien me explique una razón lógica, porque yo no encuentro ni una. Evidentemente el cambio de centro educativo no es la única medida, el menor tiene que ir o continuar yendo a terapia o clases de educación emocional para poder trabajar la indefensión aprendida, la autoestima, asertividad, depresión/ansiedad... Porque el cambio de colegio va a acabar con una situación, pero no les va a dar herramientas para evitar que se repita en el futuro. Y esta labor sí que es imprescindible.

18 de octubre de 2016

Regreso

Hola. Otra vez tenía mi blog olvidado, otra vez dejé de escribir. Como siempre que tengo estos períodos largos en los que desaparezco es porque mi vida, nuestras vidas estaba, sigue estando de hecho, patas arriba.

Contaros que a finales de mayo cancelaron el proyecto a la compañía en la que trabajaba Papacorbata con lo que nuestras expectativas de pasar unos añitos estables en Qatar se volvieron trizas de la noche a la mañana. La incertidumbre una vez llamaba a nuestras puertas. Nuevamente un mes para cerrar una etapa de nuestra vida y pensar qué íbamos a hacer a partir de entonces, cuál sería el siguiente paso.

Algo teníamos claro y era que quedarnos en Qatar a la espera de si salía otro trabajo era inviable, por varias razones entre ellas lo caro que es vivir en Doha y la dificultad para conseguir un nuevo empleo al llevar menos de un año en el país por temas de permiso de residencia. Así que a empacar se dijo.

De momento nos hemos instalado en casa de los abuelos mientras buscamos nuevas alternativas. 

Pero no penséis que nos vinimos de Doha y nos hemos quedado aquí todo el verano, no, no. Eso sería demasiado aburrido para una familia como la nuestra, jajajaj. Así que hemos pasado dos meses de verano en Colombia. La cuestión era que ya teníamos el viaje programado para el mes de julio, como que no había prisa por volver y eso si que algo inaudito, decidimos quedarnos el mes de agosto también. 

Colombia como siempre nos deja cargados de energía.

Ahora los niños han comenzado el cole en España. Ya os contaré como les está yendo a mis pequeños viajeros.

Respecto a mí, no sé que será mañana, pero hoy intento vivir en el presente sin desesperarme, demasiado.
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